domingo, 12 de abril de 2015

Los domingos se hicieron para disfrutar y descansar


Que no se me olvide....

Hace mucho tiempo que no lo hago, y esa es la razón por la que escribo este post. Tal parece que he hecho de los domingos el día en el que todo lo que no pude hacer el resto de la semana (días y sus noches correspondientes) se debe resolver, hacer  y solucionar. 

Soy más calvinista de lo que yo misma asumo: tal parece que lo único que me doy permiso de hacer es trabajar y acabar con mi interminable de lista de "deberes" y "haceres".  ¿La verdad? Ya estoy cansada.   Posiblemente es hora de empezar a decir "no" a más cosas (y eso que a muchos proyectos y  propuestas ya respondo esto) y a poner en mi agenda (por supuesto, sin agenda no camino) tiempo libre, tiempo de relajación y tiempo para ser y no hacer.   No quiero que en mi lápida diga: "Qué bárbaro, cómo trabajó, y trabajó, y trabajó....".

Aquí acaba  mi reflexión dominical. 

A disfrutar y si me cuentan que hacen ustedes el domingo, me va a encantar saberlo. Quiero aprender de las personas que SI le dedican a este día lo que corresponde.  De antemano, gracias por sus respuestas. 

Claudia


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miércoles, 8 de abril de 2015

Quiero ver llorando a Superman, Batman, et al...

Comparto con ustedes el post que publiqué en Animal Político sobre los estereotipos de género masculino en los cuentos, las caricaturas y películas. 
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¿Cómo sería el mundo si Superman hubiera llorado?

Leía en un artículo que un pequeño de tres años, Casper, se contuvo de llorar en una situación que lo ameritaba porque el Hombre Araña no lloraba, y por lo tanto, él no podía derramar una lágrima. ¡Qué peso para una criatura de esa edad!

En los últimos años se ha desarrollado un movimiento que busca hacer humanas a las princesas de Disney y romper con los estereotipos de las mismas para que las niñas se identifiquen con mujeres reales, no con seres irreales de las caricaturas y las películas de fantasía. Claramente el efecto de las Auroras y las Blancanieves con cinturas minúsculas y con actitudes de muñecas pasivas esperando a sus príncipes azules para ser felices ha tenido un impacto negativo en las actitudes, aspiraciones y deseos de generaciones enteras de niñas, adolescentes y mujeres.

Los roles de género detrás de estas películas no han promovido la igualdad ni el desarrollo equitativo de las sociedades ni en la relación entre mujeres y hombres.

El caso de Casper, señalado arriba, habla del otro lado de la moneda. Los roles de género masculinos que han afectado y siguen afectando a niños, adolescentes y hombres.

Como sociedad hemos puesto el dedo en el renglón –y hemos hecho más ruido- sobre los estereotipos femeninos y la construcción del género femenino en nuestra sociedad, pero ha sido recientemente que hemos puesto la mira sobre el lado masculino de esta cuestión.

¿Qué sociedad se construye con superhéroes cuyo mayor atributo es tener una musculatura fuera de serie, que sólo golpean y “ponen en su lugar” a los villanos y con capacidad nula para mostrar sus emociones? Estos son los modelos masculinos con los que se identifican los niños y con los que las niñas sueñan.

La diseñadora e ilustradora Linnéa Johansson, madre de Casper, se propuso jugar con su hijo, e invitó a las mamás y papás que le acompañaron, a construir modelos de superhéroes capaces de demostrar sus emociones y a asumir actitudes que normalmente se califican como femeninas o “vulnerables”.

¿Qué pasaría si les contásemos a las niñas y los niños historias y cuentos no sexistas? Esta labor no es solamente un trabajo de las madres y los padres de familia; tiene que ser un trabajo que involucre al resto de la sociedad. No pueden estar al margen las escuelas, los medios de comunicación, las y los legisladores que deciden en qué se gastan los presupuestos y qué programas y proyectos se van a financiar.

En Francia se aprobó una ley en julio de 1910 que establece entre otras cosas, que como principio para combatir las violencias contra las mujeres, debe fomentarse, en todos los niveles escolares, información que promueva la igualdad entre hombres y mujeres y que combata los prejuicios sexistas.

Si a esto sumamos el número de héroes y heroínas en los cuentos, podemos sacar deducciones poco afortunadas: hay más héroes que heroínas. ¿Con qué heroínas pueden identificarse las niñas? ¿Por qué las mujeres fuertes y con liderazgo son estigmatizadas en nuestra sociedad? ¿Por qué a las mujeres que deciden optar por roles no tradicionales y que se alejan de la maternidad como aspiración última son señaladas? ¿Por qué a los hombres que lloran se les acusa de afeminados?

Las mujeres y hombres que hoy toman decisiones –por acción o por omisión- alguna vez fueron niñas y niños. Seguramente la mayoría jugaron en un universo de estereotipos sexistas. El mundo que hoy vivimos y cuestionamos también es producto de esos juegos, de esa manera de explicar las relaciones en el mundo y al mundo mismo. Si queremos que las y los líderes del mañana sean capaces de tomar decisiones diferentes, hoy debemos enseñarles nuevas reglas de juego y justamente, nuevos juegos. No sé ni tengo la certeza de que ese mundo será mejor, pero si estoy segura de que será diferente.
Por eso quiero ver a Batman llorando y más Mulanas en acción.

Post publicado originalmente en Animal Político
Imagen: Linnéa Johansson, Licencia CC


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martes, 24 de febrero de 2015

Un México, dos Méxicos, tres Méxicos...

¿Qué cara le damos al mundo? ¿A qué México nos referimos cuando hablamos del país en el contexto internacional?

Somos el país en el que mueren diariamente 5 mujeres víctimas del feminicidio – 3892 brutalmente asesinadas entre 2013 y 2014- de acuerdo con el Observatorio Nacional Ciudadano contra el Feminicidio; el país del Chapo Guzmán y del Señor de los Cielos; en el que transita La Bestia vulnerando a las y los migrantes cuyo destino y marginación les obliga a transitar por nuestro territorio.

Somos también el país que cuenta con 31 sitios inscritos en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO (4 naturales y 27 culturales), lo que nos deja como el país de América Latina con más reconocimientos en el listado y el 6º a nivel mundial, detrás de Italia, España, China, Francia y Alemania; el país de Sor Juana Inés de la Cruz y de Octavio Paz; de Rafael Cauduro y de Frida Kahlo; el país cuya riqueza en materia de biodiversidad le permite albergar el 10% de las especies del planeta.

Todas estas contradicciones, riqueza, contrastes, paradojas se encuentran incluidas en la palabra “México”.

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Cuando llevamos el concepto “México” al ámbito internacional resulta un desafío de solución incierta definir qué imagen puede venderse y promoverse en el mundo.

La imagen del país parece tener vida propia la mayor parte de las veces y se muestra como un terreno resbaladizo cuando se trata de convertirla en el producto de una política pública.


En este pantanoso espacio muchas veces se han confundido los medios con los fines. Tomadores de decisiones en el gobierno, durante sexenios enteros, han pensado que la construcción de la imagen internacional de México puede promoverse a través de una agencia de publicidad, con logos coloridos (lo que Simon Anholt llama el “Paradigma Crayola”) y videos dignos de un Oscar por su producción.
No hay manera alguna de cubrir con maquillaje comunicacional una realidad que se impone sola: la violencia, la corrupción, las violaciones a los Derechos Humanos, los 43…

Por otro lado, los temas y las áreas en las que participamos y en donde tenemos buenos resultados y hacemos las cosas muy bien “no venden” ni resultan tan “sexys” para las noticias: ser uno de los actores relevantes en los foros multilaterales, ser de los pocos países que han suscrito y ratificado los convenios y acuerdos internacionales en materia de defensa de los derechos de las mujeres (por mencionar un ejemplo); el ingreso reciente de México a las Operaciones de Mantenimiento de la Paz (OMP) de la ONU, entre otros.

El México que hoy tiene que participar en el mundo es el de estas luces y sombras.

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La construcción de la imagen internacional del país no es sólo responsabilidad del gobierno. A golpe de decretos no puede dársele credibilidad, legitimidad y una buena proyección frente a otros países. Es un trabajo que implica la suma de esfuerzos entre los diversos participantes del tejido y andamiaje político, económico, social y cultural mexicano.

Las mexicanas y los mexicanos tenemos que entender que formamos parte de un contexto mayor, y que aunque amemos la redondez de nuestro ombligo, el hacerlo de manera permanente tiene un alto costo político y económico para el país. Nuestra imagen en el mundo debemos verla con la importancia que tiene, como una variable más de la seguridad nacional.

Un gran paso en esta construcción es haber reconocido hace ya algunos años que en temas de política exterior México tiene intereses y no sólo principios. Ya basta de seguir jugando a ser “los chiquitos” del parque, tenemos todo para ser una potencia intermedia y sobre todo, asumirnos como un actor central en el marco de las múltiples pertenencias que nos definen y que, paradójicamente, nos hacen indefinibles: ser norteamericanos, latinoamericanos, iberoamericanos, miembros de la Alianza del Pacífico, de APEC, Observadores de la Organización Mundial de la Francofonía, miembros de la ONU, de la OEA y un largo etcétera.

En el camino hacia esta definición nos quedan muchas preguntas por responder: ¿Qué le aportamos al mundo? ¿Qué le pasaría al mundo si México desapareciera de la faz de la tierra? ¿Qué papel queremos jugar en el contexto internacional: de bisagra, de líderes, de seguidores? ¿Queremos ser vistos con respeto, admiración? ¿Queremos ser temidos, cobijados, considerados?

Se trata de un asunto, que sin la menor duda, nos interesa a muchas personas. La convocatoria que hizo hace algunos días el diputado Barrios Gómez para presentar el Foro Imagen México puso en claro algo: mexicanas y mexicanos de todos los sectores tenemos interés y consideramos necesario hacer algo en este terreno. Demostremos que sabemos sumar voluntades y encontrar espacios comunes, más allá de las filias y las fobias, cuando de hacer algo por México se trata.

Tú, amable lectora, lector, ¿cómo querrías ver a México en el mundo? ¿A qué México te referirías?



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sábado, 14 de febrero de 2015

Lar Lubovitch. Un deleite.

Aún recuerdo la emoción cuando vi a The Lar Lubovitch Dance Company en Bellas Artes en la Ciudad de México,  hace algunos años (bueno, algunas décadas). Los bailarines vestidos de blanco, de manera informal, como recién salidos de un gimnasio. Nada a lo tradicional que uno espera en el ballet. Comentarios de las personas inquietas en sus butacas: ¿Estarían en un ensayo? ¡Qué falta de respeto presentarse así! ¿Qué es eso?

Yo estaba conmovida. Mi corazón latía fuertísimo. Una técnica perfecta, soltura de los cuerpos, aromonía, sincronía. Cada movimiento perfectamente estudiado para dar la impresión de parecer improvisado. ¡Me enamoré!

Sentí una pasión indescriptible por cada escena. Hubiera querido correr al escenario y sumarme a la compañía.  Las venas me pulsaban con la música. ¡Qué cosa! Lo recuerdo aún y se me hace un nudo en la garganta.

Lar Lubovitch es un coreógrafo estadounidense que fundó su propia compañía: Lar Lubovitch Dance Company (1968). Se formó en la Universidad de Iowa y en la prestigiada escuela Julliards.  La originalidad de su propuesta, la fuerza de sus composiciones y danzas, la técnica de sus bailarines y bailarinas han hecho de él un ícono de la danza en el siglo XX y XXI.






El Otello de Lar Lubovitch interpretado por el Jeoffrey Ballet:



Lar Lubovitch es un nombre que debemos tener presente. Forma parte central del universo de la danza en el mundo de hoy.



Post relacionado: Para los amantes de la danza: Lar Lubovitch

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