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Quiero ver llorando a Superman, Batman, et al...

Comparto con ustedes el post que publiqué en Animal Político sobre los estereotipos de género masculino en los cuentos, las caricaturas y películas. 
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¿Cómo sería el mundo si Superman hubiera llorado?

Leía en un artículo que un pequeño de tres años, Casper, se contuvo de llorar en una situación que lo ameritaba porque el Hombre Araña no lloraba, y por lo tanto, él no podía derramar una lágrima. ¡Qué peso para una criatura de esa edad!

En los últimos años se ha desarrollado un movimiento que busca hacer humanas a las princesas de Disney y romper con los estereotipos de las mismas para que las niñas se identifiquen con mujeres reales, no con seres irreales de las caricaturas y las películas de fantasía. Claramente el efecto de las Auroras y las Blancanieves con cinturas minúsculas y con actitudes de muñecas pasivas esperando a sus príncipes azules para ser felices ha tenido un impacto negativo en las actitudes, aspiraciones y deseos de generaciones enteras de niñas, adolescentes y mujeres.

Los roles de género detrás de estas películas no han promovido la igualdad ni el desarrollo equitativo de las sociedades ni en la relación entre mujeres y hombres.

El caso de Casper, señalado arriba, habla del otro lado de la moneda. Los roles de género masculinos que han afectado y siguen afectando a niños, adolescentes y hombres.

Como sociedad hemos puesto el dedo en el renglón –y hemos hecho más ruido- sobre los estereotipos femeninos y la construcción del género femenino en nuestra sociedad, pero ha sido recientemente que hemos puesto la mira sobre el lado masculino de esta cuestión.

¿Qué sociedad se construye con superhéroes cuyo mayor atributo es tener una musculatura fuera de serie, que sólo golpean y “ponen en su lugar” a los villanos y con capacidad nula para mostrar sus emociones? Estos son los modelos masculinos con los que se identifican los niños y con los que las niñas sueñan.

La diseñadora e ilustradora Linnéa Johansson, madre de Casper, se propuso jugar con su hijo, e invitó a las mamás y papás que le acompañaron, a construir modelos de superhéroes capaces de demostrar sus emociones y a asumir actitudes que normalmente se califican como femeninas o “vulnerables”.

¿Qué pasaría si les contásemos a las niñas y los niños historias y cuentos no sexistas? Esta labor no es solamente un trabajo de las madres y los padres de familia; tiene que ser un trabajo que involucre al resto de la sociedad. No pueden estar al margen las escuelas, los medios de comunicación, las y los legisladores que deciden en qué se gastan los presupuestos y qué programas y proyectos se van a financiar.

En Francia se aprobó una ley en julio de 1910 que establece entre otras cosas, que como principio para combatir las violencias contra las mujeres, debe fomentarse, en todos los niveles escolares, información que promueva la igualdad entre hombres y mujeres y que combata los prejuicios sexistas.

Si a esto sumamos el número de héroes y heroínas en los cuentos, podemos sacar deducciones poco afortunadas: hay más héroes que heroínas. ¿Con qué heroínas pueden identificarse las niñas? ¿Por qué las mujeres fuertes y con liderazgo son estigmatizadas en nuestra sociedad? ¿Por qué a las mujeres que deciden optar por roles no tradicionales y que se alejan de la maternidad como aspiración última son señaladas? ¿Por qué a los hombres que lloran se les acusa de afeminados?

Las mujeres y hombres que hoy toman decisiones –por acción o por omisión- alguna vez fueron niñas y niños. Seguramente la mayoría jugaron en un universo de estereotipos sexistas. El mundo que hoy vivimos y cuestionamos también es producto de esos juegos, de esa manera de explicar las relaciones en el mundo y al mundo mismo. Si queremos que las y los líderes del mañana sean capaces de tomar decisiones diferentes, hoy debemos enseñarles nuevas reglas de juego y justamente, nuevos juegos. No sé ni tengo la certeza de que ese mundo será mejor, pero si estoy segura de que será diferente.
Por eso quiero ver a Batman llorando y más Mulanas en acción.

Post publicado originalmente en Animal Político
Imagen: Linnéa Johansson, Licencia CC


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