viernes, 18 de agosto de 2017

Barcelona, Charlottesville, tu casa, la mía

Imagen: Art Fest 2014




El planeta duele hoy. 

La realidad duele hoy. 

La vida cuelga de unos hilos frágiles y casi invisibles. 

En el silencio de nuestras casas leemos las noticias, y sin decirlo murmuramos en nuestro interior que es una bendición leer y no protagonizar los hechos que con desgarradora realidad nos envuelven. 

Imposible ser observadores de la prensa, de las redes sociales, de los comentaristas sin sentir un agujero en el estómago y nostalgia por esa humanidad que se nos escapa por los poros y da cabida al odio, al temor, a la desconfianza. 

La frontera entre el bien y el mal, borrosa, como un blanco móvil que relativiza los minutos, nos acerca al dolor ajeno y a la vez nos aleja del sufrimiento cotidiano de miles de personas que respiran, igual que nosotros, de día y de noche. 

Las Ramblas ya no será sólo el lugar para pasear y disfrutar una tarde en medio del verano catalán.  Han quedado impregnadas por el ataque terrorista que ayer le quitó la vida a 15 personas y dejó a otras cien heridas.  Barcelona será también ese lugar en el que la gente se volcó a las calles a donar sangre y en donde las personas se miraron a los ojos reconociendo su humanidad, más allá de las balas y el terror. 

La violencia de Charlottesville entró a nuestra casas, a través de nuestros celulares, de nuestras pantallas de televisión y nos dejó con la boca abierta y un agujero en el corazón al ver las banderas nazis ondeando, acompañadas de gritos y miradas de odio de jóvenes de apenas veinte años.  Esos jóvenes que serán el ¿futuro? de mañana.  Cuando el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos se niega a reconocer la violencia del KuKuxKlan y habla de la violencia de todas las partes, reconociendo a las "buenas personas" que casualmente viven y respiran a través de la xenofobia, resulta inquietante. 

La violencia tomó un asiento en nuestras casas, porque la hemos dejado entrar. 

El temor al otro, a la otra, a la diferencia, al color, a la realidad ajena, al lenguaje que no comprendemos, a la historia que desconocemos, a la religión que no profesamos, al credo que no rezamos se ha convertido en la causa de la desconfianza, en la justificación del odio, en la motivación del terror.  

Nos hemos convertido en una sociedad profundamente informada y brutalmente ignorante.  Usamos la información para profundizar nuestro desconocimiento y nuestra incapacidad para ponernos en los zapatos ajenos.  

Cuando la ciencia nos dice que viviremos más, me pregunto ¿Para qué? ¿Para tener más años para odiarnos e infringirnos dolor unos a otros? 

Seres humanos profundamente deshumanizados e indiferentes al dolor ajeno,  de cualquier ser, de cualquier especie.  Individuos que viven en colectividades profundamente egoístas, incapaces de reconocer su individualidad y respetar la invidivualidad ajenas, las otredad de otras colectividades.  

Portadores de la verdad absoluta en un mundo habitado por millones de relatividades. 

Indiferencia disfrazada de información.
 
Barecelona, Charlottesville, Siria, Afganistán, Mali, Bruselas, París, Venezuela, Ayotzinpa, fosas comunes, feminicidios, asesinatos.  Hechos violentos sobre los que nos enteramos, "nos informamos", que suceden en otra latitud, pero que también tienen lugar en tu casa y en la mía, aunque sigamos amaneciendo en nuestra cama y sepamos el número de muertos, sin nombre y apellido cuyas vidas son arrancadas diariamente con alguna justificación.

¿En qué momento la humanidad perdió su humanidad? 





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