domingo, 6 de febrero de 2011

Los sonidos del domingo

Me levanto a las seis de la mañana con el sobresalto ocasionado por un ataque de tos. Me angustia, normalmente me angustia que suceda esto desde que tengo uso de razón. Desconozco la razón. Un pensamiento que normalmente acompaña mis despertares es: ¿Qué tengo que hacer hoy? y al reflexionar al respecto me doy cuenta de algo. Es domingo.

Me doy cuenta por una razón: los sonidos -y silencios- del día. A las 6 de la mañana de cualquier día entre semana, en la Ciudad de México, y muchos sábados, la vida transita a otro ritmo y esto se refleja en los sonidos que se escuchan. El motor de los vehículos es inconfundible a esa hora y es distinto a las 7 u 8 de la mañana. Su vaivén es más calmado temprano y conforme se acerca el reloj a la octava hora del día se siente el acelere de sus conductores reflejado en los arranques y claxons del vehículo. También le acompañan, normalmente voces y pisadas. ¿Las han escuchado temprano en la mañana? Pasos de niños, de tacones de mujeres que seguramente van al trabajo, pisadas pausadas de hombres que también regresan de laborar a esa hora, bicicletas cuyas cadenas rechinan, el golpe del periódico al caer en la banqueta al ser aventado por el repartidor. Sonidos inconfundibles de la mañana, sonidos que no se repiten usualmente en domingo.

Tal vez el domingo sea como el silencio en un concierto, la pausa necesaria para dar paso a los movimientos de la pieza, para diferenciar un instrumento de otro, un compás del siguiente. Tiene sonidos que se perciben diferentes y únicos. Pisadas tranquilas, motores de coches sin prisa, conversaciones en tonos suaves, en general, sonidos de la tranquilidad y del acompañamiento, no de la vorágine y la hora límite. Se escucha el trinar de los pájaros, que posiblemente lo hacen todos los días, pero el motor de los camiones, el sonido de un coche frenando de manera imprevista y las voces de los padres apurando a sus hijos para llegar a tiempo a la escuela de lunes a viernes no permiten percibirlos.

Me gustan los domingos, tienen un relajado encanto que me hace disfrutar el gusto de amanecer a la hora que sea. El sonido del viento moviendo las hojas de los árboles, el ladrido de perro que sacan a pasear y los cascabeles de mis gatos acurrucándose de nuevo en la cama simplemente me llevan a pensar: "Qué delicia estar viva".

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Imagen: eyefetch.com

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