viernes, 21 de junio de 2013

Bitácora de una semana como todas y singular

Acaba una semana más de esta -iba a decir primavera, pero ya llegó el verano-  con espíritu lluvioso, reflexivo y húmedo. No es sorpresivo que esté habitada con más preguntas que respuestas y con ánimo dubitativo.

La Abuela Bloguera hoy amaneció mejor, después de días de encierro porque sus 83 años le han caído de sopetón y el cuerpo le está haciendo travesuras. El canijo no le sigue el paso a su ánimo y espíritu de casi adolescente que quiere seguir descubriendo el mundo, jugando Apalabrados en su iPad y escribiendo en su blog. Eso, sin decir que no está dispuesta a dejar de mandarle SMS a su nietos a la menor provocación o idea que cruza su mente y que considera digna de compartir con ellos. Tampoco la imposibilitó a seleccionar los libros que regaló hoy en el "Día de liberación de libros" y que en medio de su malestar  y desánimo estuvo pensando y seleccionando durante la semana. 

La gotas de agua que nos han mojado la cabeza, las banquetas y las ideas no nos han dejado descansar. ¿Será que el planeta llora con tantas contradicciones y dolor? Supongo que no debe ser fácil soportar diariamente y de manera simultánea el llanto desesperanzado de los niños y las niñas en Siria, los gritos y demandas de justicia y equidad en Brasil, el agobio de los manifestantes en Turquía, la silenciosa resignación con que miles de niñas y mujeres se vuelven a vestir y tratan de caminar todos los días después de que han sido violadas por estar en una zona en conflicto o por el simple hecho de ser mujeres. 

Tiene que ser inevitable llorar cuando observas las miradas de perros y gatos enjaulados y amontonados sin espacio para respirar, sin saber porque los han secuestrado y tratan así para matarlos por su piel o cuando sientes la respiración de un animal que ha recibido una o varias balas, pues  algún ser humano decidió que su afición es ir de cacería y coleccionar su cabeza, o sus majestuosos colmillos o cabellera. 

Si yo fuera la Tierra, tampoco pararía de llorar. 

Cuando vivo las cotidianas preocupaciones de mi existencia, las pienso irrelevantes junto a esto: resolver problemas administrativos en mi trabajo, atender llamadas y asuntos sobre diversos temas, organizar actividades, planear eventos, coordinar a un equipo en un lado y coordinar a otro en otra parte. Escuchar quejas (¿Qué pasaría si los seres humanos aprendiéramos a proponer más y a quejarnos menos? ¿Si asumiéramos que no todo es personal y que no todas las personas nos consideran el centro del universo como para estar pensando permanentemente en cómo molestarnos? ¿Qué sucedería si pensaran dos veces que si no respondes una llamada o un mensaje inmediatamente no es porque estés ignorándoles sino porque también estás ocupada? ¿Qué pasaría si respetáramos que existen maneras diferentes de resolver los asuntos y que nuestra visión del mundo no es la única válida? ¿Qué pasaría si antes de decir lo primero que nos viene a la cabeza, le diéramos una segunda pensada y nos diéramos cuenta de que tal vez es innecesario decir aquello pues en realidad era un asunto personal proyectado en el o la otra? ¿Qué pensaría si los demás dejaran de tratar de controlarnos y se dedicaran más a su propia vida?) críticas, preguntas cuya respuesta en realidad no quieren escuchar pues la respuesta ya se la respondieron previamente a si mismo/as? 

Los días transitan entretejiendo asuntos personales, profesionales, nacionales, internacionales. Hay que cuidar a personas y familia de cuatro patas junto con los asuntos y necesidades profesionales. Hay que pagar impuestos, cuentas, estar al pendiente de las noticias del país, del mundo. Hay que apoyar causas que valen la pena. 

En realidad "no hay que", lo hago porque he decidido hacerlo, porque me parece que la vida está tan llena de cosas valiosas -junto a las que no lo son- que no hay que desaprovechar la oportunidad de conocerlas, sentirlas, poner un grano de arena en donde podamos contribuir. 

Sucede, sin embargo, que también me canso. El entusiasmo por el libro que estoy escribiendo no cesa, pero me canso. El entusiasmo por todo lo que he decidido que forme parte de mi vida permanece, pero estoy cansada. 

Mi cuerpo decidió gritar y mi cuello en particular, decidió que se cansó y que no está dispuesto a seguir andando como siempre. Las palabras del doctor: tensión, presión, cansancio. La palabra de terror: descanso. ¿Hace cuánto que no tomas vacaciones? "Uyyy". Tomar vacaciones nunca ha estado en mi agenda de trabajo, y llevo más de dos años y medio de no tomar unas. Terrible y pública confesión. Esto habla muy mal de mi y de mis prioridades. Llegó el momento de repensar la agenda (esa gran tirana a la que le he dejado administrar mi vida). 

En fin. Acaba la semana con un collarín puesto, con mucha lluvia, con ronroneos (felizmente) y con ladridos (también felizmente). Con sueño forzoso (los relajantes musculares parecen de caballo) y con necesidad de no hacer, pues el cuerpo no me da. 

Acaba una semana como todas, pero también singular, irrepetible y única. 

¿Cómo acabas tú? ¿Me cuentas?


Imagen: Creative Commons Netdance

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1 comentario:

Oscar Tello dijo...

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