domingo, 28 de marzo de 2010

Sobre el saberse merecedora o no de las cosas buenas


Leía en el maravilloso blog de Adriana Elba, Descubriendo nuestro mundo interior, la importancia de reconocer en cada uno de nosotros a un ser digno de lo mejor y merecedor de las mejores cosas. Adriana nos dice lo siguiente:

Cada uno de nosotros tiene un trabajo único que cumplir en este mundo. Todos tenemos un alma y una Luz particular que estamos destinados a revelar. Nadie más en el mundo -pasado, presente o futuro- tiene o tendrá la habilidad de hacer lo que el Creador nos ha encomendado hacer. Si todos los gigantes espirituales fueran a descender y trabajar por un millón de años, ni siquiera ellos podrían hacer nunca lo que nosotros podemos -y debemos- hacer.
Hay una historia acerca de la construcción del Templo Sagrado (un importante centro espiritual del mundo) en Jerusalén. De acuerdo con antiguos textos, las piedras más hermosas fueron recolectadas para su edificación. Durante la construcción, los trabajadores encontraron una piedra tan fea que la separaron y pusieron en un montón de desechos. Cuando el Templo estaba por terminarse, encontraron que faltaba una piedra en una esquina diminuta de la parte más importante del edificio, lo que los kabbalistas llaman el “Santo Santuario” (la cámara sagrada más interna) No sabían qué hacer porque ya no tenían piedras.

Finalmente, un hombre recordó la piedra fea que habían desechado antes, y la recuperó de la basura. No sólo sirvió, ¡sino que encajó a la perfección! El Rey David, incluso, escribe un verso describiendo la escena, “la piedra que los constructores despreciaron se convirtió en la piedra angular”.

Con qué dificultad nos sentimos y asumimos dign@s de lo mejor y reconocemos el valor que nuestra singularidad puede aportarle al mundo. Entre el enorme Ego que nos habita, siempre insatisfecho y deseoso de reconocimiento, y las heridas de nuestra historia que siempre tratamos de cubrir y olvidar, estamos tan ocupados evitando el dolor y el sufrimiento que el bienestar y la felicidad los dejamos pasar de lado.

¿Por qué hemos sido educados para no reconocer nuestros talentos y capacidades y ver las ajenas como mejores a las nuestras? Por supuesto que la autocrítica y el autoanálisis son necesarios para vivir una vida equilibrada y lo más sana posible, pero la incapacidad extrema para reconocer nuestro más esencial valor es un defecto, no una virtud.

Creo que el primer paso para vivir en armonía con el mundo es reconocernos de una manera integral, con nuestras luces y sombras. Saber la existencia de nuestras fallas y nuestros aciertos es una manera de asumirnos tal cuales. Nada genera mayor infelicidad que comparar lo incomparable; mi humanidad frente a la del o la vecina.

Cada quién es únic@ y tiene mucho que darle a la vida gracias a su particularidad. Si provenimos del mismo lugar en el que han sido creados los seres maravillosos de este planeta, ¿por qué no reconocemos la grandeza de nuestra propia existencia?





1 comentario:

AMOROSAMENTETUYO dijo...

Clau:

Justamente porque desde siempre los poderes politicos y económicos, así como los fácticos a través de los medios de comunicación (primero impresos y después electrónicos), siempre han tratado de moldear y homogeneizar un modelo de felicidad, el cual se basa justamente en la obtención de más y más, es decir, en el atesoramiento de cosas y bienes...

Justamente por este tipo de felicidad inducida, basada en constante insatisfacción y los deseos, es que dejamos escapar la verdadera felicidad, aquella felicidad que no es tan costosa y si muy placentera, esa felicidad que tiene que ver con la obtención del justo medio entre dos extremos viciosos:
Los vicios por excesos y los vicios por defectos.
Ese justo medio que se logra a través de la virtud, como decía Aristoteles.

Entendiendo por vicios por excesos: la temeridad, el libertinaje y la prodigalidad, y por vicios por defecto : la cobardía, la insensibilidad y la avaricia.

Y destacando que las virtudes que conducen al justo medio son:

1.- Las virtudes por costumbre o repetición : el valor, la templanza y la libertad.

2.- Las virtudes por aprendizaje o instrucción: la ciencia, la inteligenci, la sabiduría y la prudencia.

De tal suerte y así las cosas, al llegar al justo medio o punto de equilibrio (que no la mediocridad), se alcanzaría el bien supremo que es la felicidad.

Por ello hay que escoger siempre entre dos extremos viciosos, lo que la recta razón nos indique!

Saludos!
Amorosamentetuyo

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