domingo, 7 de diciembre de 2008

El lápiz que no tenía futuro

Cuando quería escribir sobre el futuro le resultaba imposible hacerlo. Simplemente no podía. Desde pequeña se había acostumbrado a escribir con ese lápiz y al paso de los años no había encontrado la manera de hacerlo con ningún otro, menos con una pluma o plumón. Tenía que ser ese lápiz negro, con goma que jamás borraba, No. 2H y con la punta siempre afinada. 

A sus sesenta años se había dado cuenta de que la tristeza que le embargaba tenía que ver con el lápiz. Escribía y escribía, pero irremediablemente las palabras la remitían al pasado. No podía escribir sobre el futuro, todo -aunque tuviera otra idea- lo que salía de su cabeza y se plasmaba en las palabras que redactaba el lápiz se referían a lo que había pasado en su vida: sus tristezas, abandonos, alegrías, dolores, angustias, desesperanzas, malestares. Imaginaba una vida distinta a la suya y cuando quería escribirla para narrarla y darle vida lo único que salía de ese lápiz era lo que ya había vivido. No podía poner nada nuevo sobre el papel. Era como si el pasado que habitaba a ese lápiz la estuviese esclavizando. 

¡Eso era! Era esclava del pasado que daba vida al lápiz. Por eso era que nunca se hacía pequeño; le sacaba punta y la punta se afilaba, pero jamás se hacía más pequeño. No estaba segura, pero creía tener la sensación de que inclusive, con el paso de los años el lápiz había crecido. Ya no podía guardarlo en el estuche de los años anteriores, parecía estarla obligando a comprar un estuche nuevo para albergar el tiempo transcurrido que se había escondido en ese trozo de madera, con figura octagonal y relleno de grafito. 

Durante poco más de cinco décadas y media se había acostumbrado a él. Nunca se había animado a escribir con pluma pues la manera de deslizarse de la punta la desconcertaba. El lápiz le daba más seguridad, no había manera de que el papel se ensuciase si la tinta se concentraba en un punto, además, sabía que la goma podría borrar sus errores, aunque a decir verdad, nunca la había usado. Si hubiera podido borrar, seguramente habría podido borrar el pasado. Le tenía cariño al lápiz, lo conocía tan bien y éste parecía leerle los pensamientos.

Lo que es un hecho es que ya tenía algunos meses empezando a sentirse incómoda. Desde el día que quiso escribir sobre el futuro y se dio cuenta que el lápiz no la dejaba empezó a albergar todo tipo de ideas. No se atrevía, sin embargo, a usar una pluma. Lo había intentando pero había sido en vano. No pasaba nada. 

La nostalgia por el futuro la empezó a embargar. Un día, a media tarde, sin que lo esperase o algo se lo hubiera anticipado, se levantó de la mesita de trabajo que tenía junto a la ventana, respiro, estiró el brazo en dirección al estuche, con los dedos sintió el lápiz, lo tomó y lo puso frente a su cara. Lo observó con detenimiento. Lo conocía bien. Su otra mano llegó lenta y tranquilamente al extremo opuesto del lápiz y con un movimiento repentino e inexplicable, lo jaló hacia abajo mientras la mano que lo detenía originalmente se mantuvo en su posición. El lápiz se partió en dos. Como si sus manos tuvieran vida propia y no obedecieran otra instrucción más que una interna, tomaron cada una de las partes y la volvieron a romper. Lo siguieron haciendo hasta que quedaron varios pedazos de lápiz esparcidos por el suelo. 

Ella se sentó de nuevo en la silla, miró el atardecer y sonrió. Ya podría escribir sobre las puestas de sol que vendrían y no sobre las que habían transcurrido en su vida. 

6 comentarios:

Gustavo López dijo...

Un pasado dos hache; difícil de borrar la traza y partirlo en dos, en cuatro, etcétera.
Sin embargo, esas manos...

Nota del pasado: los lápices dos hache, o las minas más duras, se empleaban en dibujo técnico para las trazas invisibles en los planos. Es decir, servían para algo así como los bosquejos.
Y en el dibujo final, se usaban para marcar las cotas o dimensiones, me parece.

LaClau dijo...

Hola Gustavo,
¿Qué café quieres? Es tradición en este lugar servir una taza la primera vez que alguien nos visita. (... y también seguir haciéndolo...)

Efectivamente, por ello resultó todo un desafío que pudiera romperlo. Cuando un lápiz decide vivir tu vida... hay que reconsiderarlo seriamente.

Un abrazo,

Gustavo López dijo...

¿Qué café?
El que vos tomes.

LaClau dijo...

Hoy me tomo un capuchino descafeinado y ligero... que si no no duermo.

Ramona dijo...

Tierno escrito...filósofo y triste, y sobre todo REAL

LaClau dijo...

Ramona, creo que en alguna parte todos tenemos un lápiz así. Le tenemos cariño, pero es necesario dejarlo guardado o de plano, deshacerse de él.
Un beso.

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