martes, 7 de septiembre de 2010

Camino hacia el olvido. (Parte 3)

Lo supo desde el principio, pero había aprendido a no decirle nada a sus hijos cuando veía estas cosas. Nunca le hacían caso, Jimena en particular.

La impotencia que su dolor le producía la hacía enojar. Hubiera querido prohibirle verlo, salir con él, simplemente hacerla entender que por ese camino no llegaría a ninguna parte, pero no pudo. Ella era una mujer adulta, autosuficiente, valiente que había hecho lo que había querido a lo largo de su vida y que no se detenía ante prácticamente nada. Las huellas de su divorcio se estaban borrando y este encuentro la volvió a llenar de esperanzas, algo que como madre le daba gusto. La elección, lo sabía bien, era un error.

Recordaba el tono de su voz cuando le llamó por teléfono para contarle: "Ma, ¡no lo vas a creer! Por fin apareció el hombre que llevaba toda la vida buscando, de la manera más inesperada y original. ¿Nos invitas a cenar? Te lo quiero presentar." "¡Por supuesto!", fue su respuesta, claro que quería conocer al hombre que le producía ese tono de voz a su hija.

Llegaron un jueves en la noche. Tenían un mes de conocerse y se les veía felices. Antonio era encantador, con una educación refinada, gran conversador, talento social, exitoso en más de un sentido, cosmopolita y a todas luces, inteligente. Había algo, más sabe el diablo por viejo que por diablo, que en ese momento no pudo definir, que no era claro en él. Entendía el enamoramiento de su hija y por supuesto, comprendía que él estuviera encantando con ella, pero había "algo" sutil que estaba fuera de lugar.

Pasaron los meses y la alegría de Jimena empezó a congelarse. No le decía la razón, pero ella la conocía mejor que nadie: era Antonio. Fines de semana en los que supuestamente estaría con él, llegaba a visitarla con una película porque había habido un cambio de planes de último momento. Visitas inesperadas a cenar porque él tenía trabajo o reuniones más largas de lo previsto. Comidas familiares en las que escuchaba de pasada que comentaba con su hermano que tenía dos semanas de no saber nada de él.

La conocía bien. Ese viaje a la playa significaba que todo había terminado y que necesitaba refugiarse en el mar para ahogar los recuerdos y preparar el necesario camino del olvido. Regresaría a la ciudad con un estupendo bronceado y con la tristeza disfrazada de actividades y trabajo intenso por tiempo indefinido.

Como madre no podía dejar de preguntarse de qué manera había influido en la historia de su hija. ¿Acaso estaba destinada a repetir, con otros matices, una parte de su propia vida? ¿Era ese el sino de los hijos? ¿Habría otro camino?



2 comentarios:

Javier Arias dijo...

Siempre he sospechado que "perfecto, pero tiene un no se que, que no me gusta" es la manera de decirle a la hija, "no joda, usted no puede haber conseguido alguien mejor que los míos" por supuesto las relaciones se acaban y allí están ellas para cobrar "Yo sabía, ese no era tu hombre". Me tenes agarrado, mañana voy a 4.

Podes saber el final de la película, siempre que la historia sea buena, la podes repetir con la misma emoción.

Te agradezco viajes a mi blog. No es del otro mundo y eso es lo que espero me podas aportar. un detalle que creas que falta.

LaClau dijo...

Javier,

Bienvenido a este cafeteado rincón. ¿Ya te pusiste cómodo y te serviste el cafecito de tu preferencia?

Si, estas historias suelen ser así y no sé si en alguna parte del mundo las relaciones de las madres con los hijos sean diferentes y en algún momento piensen que alguien es digno del amor de sus hij@s.

Este apartado con la madre no sé si me gusta. Lo leo tieso y predecible, pero creo que también es un lente obligado en esta historia que es vista desde diferentes miradas.

Por supuesto que me daré una vuelta a tu blog.

Gracias por la visita y el comentario. Aquí te espero.

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